lunes, 8 de octubre de 2007

Naturaleza e infancia

Lo que viene a continuación es un fragmento rescatado de la introducción del libro "Animales Salvajes", de Félix Rodríguez de la Fuente. La profundidad de su discurso ecologista y antropológico es para quitarse el sombrero. Una auténtica joya:

El niño se siente profundamente atraído por el animal en cuanto comienza a tener consciencia del mundo que le rodea. El vuelo de un pájaro, la lenta marcha de un insecto, la súbita aparición de un mamífero salvaje, constituyen para él anécdotas inolvidables que le van familiarizando con su entorno. No creo que exista infancia más feliz como la de los pueblos que hemos osado tildar de salvajes. He convivido con los pigmeos y he presenciado la vida y la educación de sus niños. Casi todas sus apetencias naturales pueden ser realizadas sin inhibiciones. La tan temida frustración que puede ocasionar profundas alteraciones en la personalidad del hombre, raramente se da en el joven que vive en contacto con la naturaleza. Ir conociendo las costumbres de los animales de la selva a través de los relatos de los ancianos de la tribu, constituye el primer tesoro del cazador primitivo. Después observará los movimientos de los seres vivos que le permitirá comprobar la veracidad de los relatos escuchados. Acompañar al padre en las expediciones de caza es una aventura que proporcionará alegrías sin límites al niño esquimal, bosquimano o pigmeo. No podemos olvidar que durante más de un millón de años nuestra infancia ha sido como la de estos pueblos de cultura realmente paleolítica. Y, aunque nuestra planificada, programada y estructurada existencia actual apenas si deja tiempo a nuestros hijos para vivir sus propias y sencillas aventuras, en el fondo de sus corazones y en la masa de sus genes sienten el imperativo ineludible de conocer el mundo viviente que les rodea y participar activamente en la aventura de la vida. Por desgracia los programas de estudios cada día más sobrecargados, la existencia en las grandes urbes que ponen una infranqueable barrera de cemento y de hierro a la naturaleza salvaje y la incomprensión utilitaria de ciertos padres de familia, van inhibiendo en el alma del niño sus deseos de contacto con la naturaleza. Y cuando la congénita canalización humana hacia la aventura al aire libre es abolida, no es extraño que aparezcan más fáciles y viles inclinaciones hacia aventuras de la adolescencia en el destructivo medio de las aglomeraciones urbanas.
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Vivimos más años que nuestros antepasados primitivos, disfrutamos de más confort que los ‘salvajes’, estamos casi exentos de dolor, de muchas enfermedades, del hambre, la sed y de la fatiga. Pero nos reímos mucho menos que los pueblos primitivos. Nos aburrimos infinitamente más y carecemos de la espontaneidad, del optimismo permanente y de la fe en sí mismo que tiene el hombre de la naturaleza. La impresión que han sacado todos los viajeros y etnólogos que entraron por primera vez con tribus de cultura antigua, bien sea en los árticos, en los desiertos sudafricanos o en la estepa australiana, es la de su permanente felicidad, alterada únicamente por los imperativos del medio ambiente, imperativos a los que generalmente, estaban magníficamente adaptados. Y la hospitalidad, la ayuda mutua, la sinceridad, el carácter ‘infantil’ de los hombres de la naturaleza, son virtudes en las que coinciden todos los científicos que las han estudiado. ¿Por qué han perdido los hombres civilizados todas estas características del comportamiento que podrían encerrarse en la palabra ‘espontaneidad’? ¿Por qué tienen que pensar tantas veces las cosas antes de realizarlas? Seguramente porque llevamos mil años alejados de la naturaleza. Porque nuestras ansias infantiles de conocimiento, de contacto y de amor hacia los seres vivos, han sido transformadas por una educación utilitaria en inclinaciones agresivas que llevan al hombre no a usar sino a abusar de su mundo. Hoy la preocupación de todos los grandes pueblos de la tierra estriba en la destrucción del medio. La falta de ética hacia la naturaleza ha llevado a la humanidad a emponzoñar el ambiente en que se desenvuelve.

Texto: Félix Rodríguez de la Fuente. Fragmento extraído de "Animales salvajes" (Ed. Everest, León, 1984).


Imagen: Niños aborígenes (Australia).

4 comentarios:

Airenita dijo...

Sencillamente maravilloso. Gracias por publicarlo. He descubierto tu blog hace sólo unos días, me ayuda mucho en mi trabajo, tanto lo que escribes tu, como lo que citas y por supuesto los comentarios, que son de un nivel envidiable. Si encuentras tiempo sigue con el blog, es necesario, es liberador.

Jontxu dijo...

Airenita, me encantó tu blog. Muchas gracias por todo lo que dices, mientras siga recibiendo ánimos como los tuyos y mientras siga comprobando que el blog sirve para algo, seguiré con él. Un abrazo volcánico.

Canadian Pharmacy No Prescription dijo...

Es un libro precioso, con solo leer ese fragmento te enamoras y quieres leer más.

Generic Viagra dijo...

Me encanta tu punto de vista, realmente el mundo de las ciudades está hecho para destruirnos.