viernes, 28 de marzo de 2008

Manifiesto por la autoconsciencia

El medio social en que vivimos ha mecanizado nuestras vidas. Hemos depositado nuestra salud en manos de un complejo técnomédico que no trata a personas sino a enfermedades, ante las que en un número creciente se muestra completamente incapaz de sanación alguna. ¿y cuál es la explicación que el ciudadano de a pie da a esta situación? “Es que como ya no hay selección natural nos hemos desvirtuado como especie”. Es decir, que se nos ha mimado demasiado y por eso nos hemos debilitado[1]. Es notable como cuanto mayor es la inconsciencia de un individuo, más grande y manifiesta es su dependencia de un sistema externo, en este caso del Sistema Sanitario, y cómo psíquicamente refuerza esta dependencia con todo tipo de argumentos desvirtuadores de la naturaleza y las capacidades humanas, físicas y sociales.

Cuanto más inconscientes somos de nuestros procesos internos, más máquinas nos volvemos. Una máquina, por contraposición a un organismo, no es capaz de autorregulación alguna y necesita de todo tipo de intervenciones más o menos regularmente. Pero no somos máquinas sino seres autopoyéticos[2] con asombrosas capacidades, que en este momento de la historia necesitamos más que nunca recuperar.
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Pero ¿cómo hacerlo? De entrada sólo el hecho de proponerse el recuperar la conexión con uno mismo, el caminar hacia la autoconsciencia, significa que de alguna manera hemos comenzado ya nuestro viaje hacia la recuperación de la capacidad de autorregulación. Existe, además, una llave infalible: La mirada hacia adentro. Estar atentos a todo lo que nos ocurre, escuchar cada síntoma, físico, emocional, psíquico… Todo tiene un significado, todo tiene algo importante que decirnos. Y lo más importante, no sólo escucharlo, sino también respetarlo. El medio en que nos hemos educado nos ha enseñado a no respetar nuestras emociones ni nuestras sensaciones. De un modo u otro se nos ha obligado o coaccionado a estar quietos en un pupitre durante horas, a comer sin hambre, a no llorar, a aprender cosas que no nos interesaban en contra de nuestra voluntad. Y esto son sólo algunos de los ejemplos más rudos y visibles. Procesos infinitamente más sutiles tienen lugar a lo largo de nuestro aprendizaje orgánico de la desconexión con nosotros mismos, en los que el ejemplo e imitación del comportamiento adulto es quizás el factor más determinante. Hemos automatizado de tantas maneras la desconexión de nuestro ser, que la reconexión supone un trabajo que requiere de la máxima atención y perseverancia por nuestra parte. Se trata de un trabajo progresivo, como aprender a tocar un instrumento. Nuestros órganos, músculos, huesos y articulaciones, nuestras sensaciones y emociones, stress, tristeza, ansiedades, miedos, nuestros hábitos, nuestras relaciones, nuestras "pérdidas de control". Todo debe ser observado, escuchado y respetado, sin olvidar nunca la palabra mágica ¿Por qué?

El camino de la salud no es combatir la enfermedad. Si intentamos cambiar algo que no nos gusta de nosotros, probablemente lo único que conseguiremos es reemplazarlo por un síntoma peor. Siguiendo un ejemplo de Gurdjeff, si un individuo perezoso decide combatir su pereza sin más, puede que deje de serlo pero entonces aparecerá otro síntoma psíquico para compensar la pérdida del anterior, por ejemplo volverse irascible. Y es que esa pereza no estaba ahí gratuitamente, tenía una razón de ser. Hemos de ser conscientes de que, en nuestra naturaleza autopoyética, todo cumple una función reguladora, todo síntoma es un mecanismo de regulación y por tanto no hay que combatirlo. En el momento que descubrimos su verdadera causa, comenzamos a abrir una vía que de forma natural nos llevará desde lo que concebíamos como “el problema” hasta el problema que causa el problema. Cuando esto ocurre, hemos quitado la primera de las capas de cebolla que cubren nuestra esencia, nuestra consciencia ha empezado a crecer, y nuestro inconsciente se ha hecho un poco más pequeño. Pero esto es solamente el principio del camino, siguiendo un procedimiento análogo podemos pasar a la siguiente capa y a la siguiente… Y cuanto más adentro llega uno, más superficiales y absurdos se ven los problemas que fueron en un principio objeto de preocupación.

El verdadero camino hacia la salud es el camino de la autoconsciencia. Y no hay nada más importante que podamos hacer en nuestras vidas, porque es desde nuestra salud desde donde sacamos las energías para cualquier cosa en la vida. Para cambiar el mundo, para ayudar a otros a sanar, o simplemente para amar a algo o a alguien. Al sanarnos a nosotros mismos nos hacemos también sanadores para con lo que nos rodea. La diferencia entre vivir la vida con un estado menor o mayor de consciencia es tan abismal como la diferencia entre una melodía desafinada y estridente y una tocada por un artista virtuoso. Simplemente partiendo de la base de que un mismo suceso puede ser recibido como un duro obstáculo o bien como un regalo de la vida sólo en función del nivel de consciencia de la persona que lo viva, podremos hacernos a la idea de la infinita energía potencial y la libertad que puede aportarnos el disolver poco a poco la coraza-cebolla que nos impedía vernos y ser nosotros mismos.

Esta coraza se manifiesta de muchas maneras diferentes, que pueden reconocerse casi siempre como rigideces, en nuestro cuerpo, en nuestro comportamiento, en nuestra forma de pensar o de procesar nuestras emociones... el catálogo es inmenso: Contracturas musculares, vicios posturales, adicciones, bloqueos en la expresión de las emociones, obsesiones, dependencias artificiales, intolerancias, autoritarismo, sumisión, neurosis de todo tipo, etc. Todas estas cosas consumen grandes cantidades de energía, agotan a nuestro cuerpo, y minan nuestra salud, porque la inconsciencia o desconexión disminuye siempre nuestra capacidad de autorregulación orgánica, hasta el nivel justo para sobrevivir y poco más. La energía que derrochamos por no poner consciencia en nuestra vida es enorme.

Pero ¡cuidado! el desarme de la coraza no puede hacerse a la ligera. Debe ser un proceso lento, progresivo, y lleno de respeto. Recordemos que esa coraza está cumpliendo una función. Seguramente comenzó a formarse porque en algún momento de nuestro desarrollo fuimos de algún modo agredidos.

Cada parcela de inconsciencia en nuestras vidas nutre al sistema tumoral en que vivimos haciéndonos dependientes de él de un modo u otro. Cada parcela de consciencia arrebatada al inconsciente es un tesoro que nos hace más libres. La vida siempre está ahí esperándonos, ofreciéndonos infinitas oportunidades para iniciar el viaje a la autoconsciencia. Un viaje que nunca estará exento de episodios dolorosos y placenteros, pero que siempre, siempre, al final, merece la pena.


[1] Una explicación más seria, y excelentemente documentada, puede encontrarse en la obra Némesis médica de Ivan Ilich. http://www.ivanillich.org/Linemes.htm

[2] “Autopoyesis” es un término acuñado por los biólogos chilenos Humberto Maturana y Francisco Varela, que hace referencia a la capacidad de los seres vivos de organizarse a sí mismos, determinando respuestas estructurales ante las perturbaciones del medio para conservar su organización interna.

Las características y capacidades del ser humano integrado en la naturaleza que nos describen Félix Rodríguez de la Fuente http://crimentales.blogspot.com/2007/10/naturaleza-e-infancia.html o John Zerzan http://crimentales.blogspot.com/2007/09/la-salud-de-los-recolectores-cazadores.html son las características y capacidades del ser humano no desconectado de sí mismo, o, en palabras de Wilhelm Reich, no acorazado neuromuscularmente. Y sólo gracias a ellas podremos salir del pozo de desvitalización y pérdida total de regulación orgánica en el que se encuentra la humanidad, y que nos ha llevado a esta profunda crisis en las relaciones humanas y en nuestra relación con la Madre Tierra.

Universo orgánico

Escribí este texto como un anexo al prólogo del libro "27 libros y un prólogo abierto para una nueva biología" editado por ADEBIR en colaboración con Ediciones Crimentales (Murcia, 2008). Finalmente no entró en la versión final del libro, y he creído interesante publicarlo aquí:



“We are survival machines - robot vehicles blindly programmed to preserve the selfish molecules known as genes”
Richard Dawkins


Aunque suene extraño, voy a defender aquí al señor Dawkins. Él simplemente es honesto con la tradición científica que ha heredado, llevando el neodarwinismo, y el entorno intelectual en el seno de la comunidad científica que posibilitó su aparición, hasta sus últimas consecuencias. Son en realidad este entorno y esta tradición los que precisan de un análisis crítico profundo. Las dos obras que comento para este libro, que clama por una nueva biología desde su título, han sido escogidas con una intencionalidad muy clara: La de contribuir a hacer de la biología una ciencia de la vida respetuosa con la vida. Trataré a continuación de mostrar el hilo conductor de este propósito.


LO ORGÁNICO ORGANIZA

El afloramiento del pensamiento mecanicista en nuestra civilización occidental es un evento único en la historia de la humanidad, que por supuesto no tiene nada de casual. No es, sin embargo, el objetivo de este escrito rastrear su origen histórico y su evolución desde la Grecia Clásica hasta nuestros días, sino ejemplificar cómo esta visión mecanicista de las cosas que actualmente domina nuestras vidas nos impide ver la naturaleza tal como es, y a nosotros mismos tal como somos.

La ciencia que creció de la mano de la Revolución Industrial trajo consigo las llamadas “Leyes de la Termodinámica”, la segunda de las cuales afirma una tendencia a la desorganización o entropía (“disipación de la energía” en términos técnicos) en cualquier proceso natural. El proceso por el que se llegó a esta conclusión fue por supuesto considerado como “Ciencia empírica”, es decir, “basada en la observación”. Sí, pero, ¿la observación de qué? La observación de las máquinas. Porque fue el estudio de las máquinas el que llevó a la elaboración de estas leyes. Y, efectivamente, las máquinas de la revolución industrial son potentes generadores de entropía, tanto en su proceso de fabricación, como en su funcionamiento, mantenimiento, y reciclaje.

Pero ¿qué ocurre con un organismo? Su elevadísimo grado de organización interna (organ-ismo, organ-ización, organ-icidad) es innegable. Y no sólo eso, sino que esa elevadísima organización interna se construye y mantiene a sí misma, como los biólogos chilenos Humberto Maturana y Francisco Varela describen con el concepto de Autopoyesis. En este caso la ciencia moderna nos responde alegando que un organismo mantiene unos niveles bajísimos de entropía interna a costa de aumentar la entropía externa. Por ejemplo, en nuestro caso, transformando moléculas orgánicas en CO2 al igual que hacen los coches, y disipando la energía contenida en los enlaces carbono-hidrógeno. Pero la tendencia reduccionista de estudiar todo sistema como un ente aislado nos juega nuevamente una mala pasada. Si observamos el organismo en su contexto, nos daremos cuenta de que cumple un papel organizador tanto hacia adentro como hacia afuera. Porque los deshechos metabólicos de un ser vivo son el alimento de otro, porque las plantas que generan las moléculas orgánicas necesitan de los animales para su polinización y la dispersión de sus semillas, y un largo etcétera de relaciones complejas reguladoras de un ente de orden superior que denominamos ecosistema.

Y no se queda ahí la cosa. Según la denominada “Hipótesis Gaia”, la misma Tierra se comporta como un gran organismo, y por tanto los ecosistemas no sólo están autoorganizados sino que además cumplen una función organizadora (organizar = reducir la entropía) o reguladora dentro de un ente superior, que denominamos biosfera ó “Gaia”. Y efectivamente, el medio en el que se desenvuelven los organismos, ya sea atmósfera, océano, suelo, o agua continental, mantiene siempre una composición química con unos niveles bajísimos de entropía, manteniéndose presentes, por ejemplo, gases tan reactivos entre sí como el oxígeno y el metano. El planeta entero cumple las condiciones de un ser autopoyético.

La reconciliación final entre los denominados “científicos gaianos” y la Segunda Ley de la Termodinámica se halla en el plano astronómico: La Tierra, Gaia, mantiene su entropía interna reducida (=se autoorganiza) a costa de aumentar la entropía exterior, ya que en el proceso transforma parte de la luz solar en calor, un estado más disipado de la energía. Pero si en lugar de considerar el sistema Tierra-Sol como un ente aislado pudiéramos analizar desde fuera el sistema solar y la Galaxia, acaso acabáramos descubriendo que una vez más el planeta también está cumpliendo una función reguladora dentro de un ente superior, y otorgando el status de organicidad al universo entero. No pocos físicos cuánticos han mencionado explícitamente la idea de un universo orgánico.

Reseñable es también el hecho de que conceptos como Gaia o la autopoyesis, con todo lo que implican, están presentes en las tradiciones milenarias y sistemas de conocimientos de pueblos de todo el mundo, los cuales han sido siempre desdeñados por la ciencia moderna como supersticiones. Pero ¿qué conocimiento es más operativo al servicio de la humanidad? ¿el que posee una visión más exacta del detalle o el que posee una visión más exacta del conjunto? Si la ciencia moderna quiere evolucionar positivamente, debe comenzar por una cura de humildad. Para continuar, en mi opinión, no estaría mal esforzarse por abandonar el automatismo que nos hace visionar a los organismos, incluidos los seres humanos, como si fueran máquinas. Esto podría marcar una gran diferencia. Al fin y al cabo, como brillantemente ha expuesto Mauricio Abdalla (aunque con otras palabras) en su libro El principio de cooperación[i], la racionalidad que concibe a los seres vivos como máquinas generadoras de entropía es la misma que defiende un sistema socioeconómico generador de entropía.

[i] Abdalla, M. El principio de cooperación. Eds. Crimentales, 2007, Murcia.

miércoles, 26 de marzo de 2008

Un secreto mal contado


La película “The Secret” se anuncia de boca en boca y en diversos portales de internet como una película que “te cambia la vida”. Tras visionarla y compartir impresiones con practicantes veteranos de diversas prácticas y tradiciones orientales (que conservan en su base el Conocimiento Metafísico Antiguo, perdido en occidente, del que se nutre el filme) he llegado a la conclusión de que se trata de un altamente nocivo subproducto del lado más oscuro de la llamada “New Age”. Se expone a continuación el análisis crítico en seis claves:

1. La ley de atracción: Se trata de una ley universal conocida desde la remota antigüedad y concretamente “el secreto” que da nombre a la película. En el Kibalion egipcio se denomina “ley de mentalismo” ó “ley de proyección”. Es quizá uno de los conceptos de la Ciencia Antigua más difíciles de aprehender para el hombre moderno, y aquí nos centraremos sólo en uno de sus aspectos, el que es tratado en la película: Nuestros pensamientos tienen una influencia decisiva en lo que acontece a nuestro alrededor, hasta el punto de que atraemos todo aquello que pensamos con intensidad o recurrentemente. Esto es aplicable tanto a miedos y preocupaciones como a sueños e ilusiones. Es de notar sin embargo que la película no habla para nada de las otras seis leyes fundamentales del universo descritas por el Kibalion. El resultado vendría a ser como si nos pusiéramos a jugar al parchís conociendo únicamente la regla de que hay que llegar a la meta, sin que nadie nos avisara de que hay otras, como que puedes comer una ficha o ser comido por otra. La diferencia es que en esta ocasión no se trata de un juego sino de la vida de las personas.

2. La abundancia: Otro de los temas centrales del documental. Una vez más se parte de una base verdadera, la posibilidad de vivir en la abundancia gracias a la poderosa ley de atracción, pero ofreciendo una visión parcial e incluso superficial del asunto (y lo que es peor, nociva para la salud de las personas y del planeta). La visión de la abundancia que nos presenta la película se identifica descaradamente con el ideal de realización de la sociedad de consumo, bombardeándonos con ejemplos de sueños a cumplir del tipo “quiero un coche descapotable”, o “vivir en una mansión de cuatro millones de dólares”, o incluso “ganar cien millones de dólares” (sin otro objetivo que derrocharlos en viajes turísticos y productos de lujo). La abundancia es posible para todos, es cierto. Pero una cosa es la abundancia y otra el abuso. La verdadera abundancia no tiene nada que ver con las ilusiones de bienestar del llamado “mundo moderno”, basadas en la acaparación y la falta de respeto por nuestra madre Tierra.

3. El karma: La ley del karma o de la causalidad es una de las leyes universales del Kibalion que bien vendría conocer a los que utilizan esta película como guía iniciática. Todo lo que hacemos en la vida tiene consecuencias, que en su conjunto son denominadas como “karma” en la ciencia tradicional hindú. Los deseos egoicos, como los son muchos de los que aparecen en el filme como ejemplos a seguir, son nocivos kármicamente. A la larga perjudican a las personas que los desean mediante todo tipo de procesos orgánicos desvitalizadores (empleando la jerga de la ciencia holística moderna, jchm) o dicho de otro modo, generando una “carga kármica” (jerga de la ciencia metafísica tradicional, jcmt) que puede llegar afectar a hijos y nietos. El documental nos insta a desear “sueños” para que se cumplan, sin detenernos a discernir si nuestros deseos responden realmente a la realización de nuestra naturaleza, a nuestros impulsos orgánicos autorreguladores (jchm), o, expresado en jcmt, si están alineados con el plano universal. Nos dice simplemente “desea, porque lo que pides se te da”, cuando a la luz de los ejemplos que ofrece debería añadir “ten cuidado con lo que deseas, porque lo que pides se te da pero también se te cobra”. Gran parte de la película es una plétora de deseos propios de personas desestructuradas y desconectadas de su esencia, deseos del ego-carácter (jchm).

4. El “coaching”: Básicamente, los principios y la esencia de “The Secret” son los mismos que los de la moda en técnicas de autoayuda y superación conocida como “coaching”. El coaching emplea de idéntica forma técnicas provenientes de un conocimiento parcial y superficial de ciencias tradicionales orientales, para la proyección de la mente con el objetivo de alcanzar fines concretos, nuevamente sin importar si esos fines responden a la realización de nuestra naturaleza o a la de nuestro ego. Las ciencias tradicionales antiguas, como el Yoga, el Taoísmo, o el Chamanismo, contienen sólidas bases espirituales (el principio de búsqueda de la unión con uno mismo y con el universo) que impiden este tipo de desviaciones. El coaching es en principio completamente carente tanto de este tipo de base espiritual como de cualquier otra que proporcione una estructura equivalente, es decir de un sistema de conocimientos acorde con la realización de nuestra naturaleza (un ejemplo de este tipo de sistema serían las ciencias y teorías holísticas de las que se habla en este blog, desarrolladas por investigadores como Wilhelm Reich, Ryke Geird Hamer, Theodor Schwenk, Víctor Schauberger, James Lovelock, o Humberto Maturana). Tanto el coaching como “The Secret” son frutos de la misma pseudoespiritualidad concebida por y para nuestra sociedad de consumo, competitividad, e individualismo.

5. Las emociones: De nuevo aplicando de modo superficial la primera ley del Kibalion, la película nos insta a que rechacemos los pensamientos y sentimientos negativos, ya que sólo generan negatividad y desgracias, y los cambiemos por los positivos, que nos darán abundancia y felicidad. La frase con la que termina la película emplea el modo verbal imperativo: “Feel good” (“siéntete bien”). Este es un aspecto especialmente peligroso y dañino del documental. Las emociones no están para ser manipuladas al antojo de nuestro ego racional, tienen una función orgánica de primer orden. Rechazar las emociones desagradables es la receta perfecta para que se anquilosen y cronifiquen, como todo psicoanalista sabe o debería saber. Cada emoción, sea “positiva” o “negativa”, debe ser escuchada y dejarse fluir para que cumpla su función reguladora. Y, puesto que está en la naturaleza de toda emoción la fluidez y mutabilidad, esta se transformará tras haber cumplido su función. Pero si no se la deja fluir, se quedará anquilosada generando todo tipo de patías y desórdenes orgánicos. Sentirse siempre bien es una ilusión que no tiene el más mínimo sentido, tanto desde el punto de vista biológico u orgánico de las ciencias holísticas modernas, como desde el espiritual de las ciencias tradicionales. Otra de las leyes del Kibalion conocida como “ley de oscilación” o “ley del ritmo” indica que todo estado es transitorio y el no aceptar esta realidad (tanto para los estados “positivos” como los “negativos”) sólo provocará que nuestra basculación sea más violenta y desequilibrante.

6. La venta del crecepelo: La película está estructurada en un formato descaradamente idéntico a la de cualquier propaganda de un producto standard de la sociedad de consumo. Frases textuales de la película son: Usando “el Secreto” usted puede conseguir fácilmente todo lo que desea, o ¿qué es lo que quieres del catálogo del universo?. Siempre mensajes orientados a la realización del ego “lo que tú puedes conseguir” “tú” “tú” y más “tú”. Exactamente igual que en los anuncios de la televisión. De hecho recuerda bastante a esos largos espacios televisivos de madrugada para anunciar milagrosas cremas adelgazantes; señal de que estamos ante un triste episodio más de la integración de la espiritualidad y las ciencias tradicionales en el refuerzo y la propaganda subliminal del American Way of Life.