miércoles, 14 de enero de 2009

En busca de la organicidad


Hace aproximadamente un año, a principios de 2008, escribí un comentario-resúmen sobre el libro "El árbol del conocimiento" de Humberto Maturana, como parte del proyecto "27 libros y un prólogo abierto para una nueva biología" que coordinó Emilio Cervantes. Lo considero una buena síntesis del libro, o al menos de los aspectos que han influído más significativamente en el trabajo que estoy desarrollando sobre la organicidad, y que en un futuro se expondrá en forma de serie de artículos en este blog. Como el artículo será una referencia obligada de éstos, he considerado oportuno colgarlo aquí. Y es que es, además de un microscopio conceptual, una aproximación al concepto de organicidad.


Un microscopio conceptual
El árbol del Conocimiento (H. Maturana. F. Varela. 1985)

La biología que conocemos hoy es el resultado de su desarrollo histórico como disciplina, en todo momento condicionado, como no podría ser de otra manera, por las circunstancias la sociedad en la que se gestaba, así como por su propia estructura interna, determinada nuevamente por su desarrollo histórico anterior. Como nos recuerdan Humberto Maturana y Francisco Varela, Hasta la biología tiene su ontogenia. Su lenguaje especializado y lógicamente los mismos conceptos sobre los que está construida son fruto de esta ontogenia particular. No es de extrañar, por tanto, que a medida que se acumulan nuevos datos y hallazgos experimentales, las constricciones estructurales impuestas por esta historia, el sesgo ontogénico, sea cada vez más patente y más limitante a la hora de interpretar dichos datos.

Conscientes de esto, los autores de este libro parecen proponerse empezar de cero, desde los mismos cimientos de nuestro entendimiento sobre los fenómenos biológicos más básicos y fundamentales, en lo que ellos mismos llaman un microscopio conceptual, para así, paso a paso, llegar hasta el objetivo principal del libro, una interpretación biológica profunda de los fenómenos del conocimiento y el lenguaje humanos. Sin embargo, es mucho más lo que consiguen por el camino: Una depuración de toda la terminología confusa heredada por la biología, del oscurantismo conceptual y el sesgo interpretativo que dominan los libros de texto y gran parte del discurso biológico tanto popular como académico. Estamos ante un replanteamiento filosófico de primer orden en nuestra rama de la ciencia, que desmenuza de forma impecable, como un Spinoza de la biología, ideas tan arraigadas como la de Información Genética, Selección Natural, Adaptación, o la misma definición de lo que es un ser vivo.

Para disfrutar de la precisión y metódica coherencia con las que desgajan uno a uno estos conceptos, no hay otro remedio que leerse el libro. Aquí me limitaré a ofrecer algunas pinceladas de sus planteamientos y conclusiones.

Respecto a la definición de la vida, encontramos la que quizá haya sido la aportación científica de mayor alcance en la obra de Maturana: El concepto de autopoyesis. La capacidad de producirse constantemente a sí mismo, y no la reproducción o la complejidad, es lo que es realmente esencial a un organismo vivo. Por oposición a las máquinas, que pueden llegar a ser también bastante complejas, los organismos, con capacidad de reproducción o no, autogestionan el mantenimiento de su propia estructura y organización internas. Es la autopoyesis lo que distingue a la fenomenología biológica del resto de las fenomenologías físicas, y es fenómeno biológico aquel que implica la autopoyesis de al menos un organismo.
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Esta autopoyesis, explican, se mantiene dinámicamente, a través de cambios estructurales internos acoplados al medio, que posibilitan el mantenimiento de su organización básica. Así, la adaptación no es el resultado de la “Selección Natural”, sino una característica esencial de todo ser vivo por definición. Todo organismo, mientras esté vivo, mantiene invariante su organización interna en un acoplamiento estructural dinámico con el medio y está, por tanto, adaptado.

Es por ello que entienden la evolución como una deriva natural producto de la invariancia de la autopoyesis y de la adaptación, y no al contrario. También dejan patente la inoperancia lógica de las comparaciones sobre eficacia en biología. Como ellos mismos resumen, No hay sobrevivencia del más apto, hay sobrevivencia del apto. Sus conclusiones son harto sugerentes:

No hay hoy día una pintura unificada de cómo ocurre la evolución de los seres vivos en todos sus aspectos. Hay múltiples escuelas de pensamiento que seriamente cuestionan el entendimiento de la evolución por Selección Natural que ha dominado la biología en el último medio siglo (…) nos librarán de la visión popularizada de la evolución como un proceso en el que hay un mundo ambiental al que los seres vivos se adaptan progresivamente, optimizando su explotación de él.

Por otro lado, la dominante concepción reduccionista de la información genética y la herencia, según la cual en el ADN se encuentra la información necesaria para construir un ser vivo, es demolida bajo argumentos tan contundentes como intachables: La herencia es la invariancia transgeneracional de cualquier aspecto estructural en un linaje de unidades históricamente conectadas, y no puede confundirse con el simple mecanismo de réplica de ciertos componentes celulares (los ADN) de gran estabilidad transgeneracional. Además, Decir que el ADN contiene lo necesario para especificar a un ser vivo, saca a esos componentes (parte de la red autopoyética) de su interrelación con el resto de la red. Y, en efecto, es en la interrelación entre el ADN y otros componentes celulares, y no en el ADN mismo, donde se halla esta especificación, o parte de ella, porque ni siquiera así estamos hablando de la totalidad de la información hereditaria: Hay otros sistemas genéticos (hereditarios) que apenas empezamos a entender que han permanecido ocultos bajo el brillo de la genética de los ácidos nucleicos, tales como los asociados a otros compartimentos celulares como mitocondrias o membranas.

Subrayan de modo especial el papel primordial de la arquitectura celular, y más concretamente del sistema de membranas. Primero, porque la membrana es lo que posibilita que exista una dinámica interna o metabolismo. Segundo, porque participa activamente de ese metabolismo, siendo el elemento central del acoplamiento estructural de la célula al medio (sensitivo, motor, y desencadenante de los procesos internos), y tercero porque constituye en sí un sistema hereditario.

Otra idea de gran importancia es la de que no son las perturbaciones del medio las que especifican los cambios estructurales de una unidad autopoyética, ya sea de primer orden (organismo celular) o de segundo orden (organismo metacelular), sino que únicamente los gatillan, y es la propia organización del ser vivo quien especifica esos cambios, de tal forma que resultan, insisten, en un acoplamiento estructural entre organismo y medio. Esta observación es fundamental para el entendimiento de la naturaleza del conocimiento humano y el lenguaje, ya que los cambios estructurales del sistema nervioso no son una excepción y por tanto su producto no es una representación de la realidad exterior sino que viene especificado por su propia organización. El sistema nervioso, entonces, no “capta información”, sino que, en palabras de Varela y Maturana, trae un mundo de la mano al seleccionar estímulos y especificar el cambio estructural que estos producen. El libro dedica un capítulo a la historia evolutiva del sistema nervioso y su operatividad funcional para dejar esto meridianamente claro.

El fenómeno del lenguaje, que es la base del pensamiento racional, pertenece al ámbito de las unidades autopoyéticas de tercer orden, que se dan cuando hay una interacción recurrente entre dos o más metacelulares de tal modo que acoplan sus ontogenias para formar una simbiosis o una comunidad social. En las comunidades sociales animales, el denominado “comportamiento altruista” evidencia una organización autopoyética de orden superior al metacelular. Los autores comparan aquí el lenguaje verbal humano con la trofolaxis (intercambio de sustancias químicas) de insectos sociales como las hormigas, en tanto que ambos son mecanismos de acoplamiento ontogénico recurrente entre metacelulares y por tanto constitutivos de unidades autopoyéticas de tercer orden. La comunicación no es exactamente una “transmisión de información” sino una coordinación conductual perteneciente al acoplamiento estructural de los organismos.
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No existe ningún dato que nos induzca a pensar que nuestra capacidad de discernimiento racional, basada en el lenguaje, pueda llevarnos a una representación cabal de la realidad (de hecho, esto entraría en abierta contradicción con la forma operativa del sistema nervioso). Su única función indiscutible es la de generar un acoplamiento estructural en esta unidad autopoyética de tercer orden que es la sociedad humana. Como fenómeno en la red de acoplamiento social y lingüístico, lo mental no es algo que está dentro de mi cráneo, no es un fluido de mi cerebro: la conciencia y lo mental pertenecen al dominio de acoplamiento social y es allí donde se da su dinámica.

Esta fundamentada interpretación del conocimiento humano, trae consigo grandes implicaciones mucho más allá del mero ámbito científico, que son a la postre el objetivo que los autores consideran más importante de su libro. Implicaciones sobre nuestra ética y nuestra convivencia, sobre nuestra forma de vivir y pensar:

Cualquier cosa que destruya o limite la aceptación de otro junto a uno, desde la competencia hasta la posesión de la verdad, pasando por la certidumbre ideológica, destruye o limita el que se dé el fenómeno social, y por tanto humano, porque destruye el proceso biológico que lo genera.

Por tanto, el conocimiento en su más pura esencia es aquél que es estructurante, generador de tejido social autopoyético, el que se basa en el impulso de aceptación de los otros como parte de una misma unidad, o, empleando una palabra generalmente desdeñada por la ciencia moderna, del amor. Impulso del que parte, precisamente, este bello libro, que nos deja las siguientes reflexiones finales:

Descartar el amor como fundamento biológico de lo social, así como las implicancias éticas que ese operar conlleva, sería desconocer todo lo que nuestra historia de seres vivos de más de tres mil quinientos millones de años nos dice y nos ha legado.

Todo lo que hemos dicho en este libro no sólo tiene el interés de toda exploración científica, sino que nos entrega la comprensión de nuestro ser humanos en la dinámica social, y nos libera de una ceguera fundamental: la de no darnos cuenta que sólo tenemos el mundo que creamos con el otro, y que sólo el amor nos permite crear un mundo en común con él.

1 comentario:

Kamagra dijo...

tu concepto me parece absolutamente fascinante, creo que el punto de vista que expones tiene una validez total, y no solo porque este libro lo exponga de esta manera, sino porque tu lo hace ver desde ese punto con tus palabras.