jueves 12 de marzo de 2009

Las ideas dominantes y los que dominan

Como respuesta al bombardeo mediático con motivo del bicentenario de Darwin, Máximo Sandín está escribiendo una narración por entregas, bastante mejor documentada que la inmensa mayoría de las que solemos leer, y este año más que nunca, acerca de la vida y milagros de este personaje. Bajo el título Darwin: Las ideas dominantes y los que dominan, que va ya por la octava entrega, se dedica a exponer cada uno de los aspectos y detalles que han sido tergiversados, omitidos, o inventados, y posteriormente generalizados hasta producir una historia inventada a partir de elementos reales, es decir, un mito.

Comenzaron originalmente a escribirse para el diario De verdad, pero se han difundido a través de numerosas páginas web y blogs particulares. De estos últimos cabe destacar, por la calidad de la presentación, el de Miguel Jara y el de Zetetick Chick.

Para acceder a una compilación completa y regularmente actualizada de esta serie de artículos, recomiendo la página Evolución y Ambiente, donde además puede encontrarse abundante material relacionado con nuevos paradigmas en biología y evolución, incluídas las propuestas científicas del Dr. Sandín. Dejo también el enlace al artículo Sucesos excepcionales en evolución, donde se exponen dichas propuestas de forma clara y asequible.

He seleccionado aquí la cuarta entrega y parte de la quinta de esta emocionante saga porque sus citas y referencias, correctamente documentadas, ponen en evidencia la primera y más grande mentira de las muchas que componen el mito de Darwin: Que descubrió algo. Concretamente se mencionan algunos trabajos científicos anteriores que tratan la evolución de las formas de vida incluendo conceptos bastante más avanzados y actuales que los que aparecen en la versión original de El origen de las especies. En definitiva, que la evolución era un tema ya ampliamente tratado en los círculos académicos mucho antes de la entrada de Darwin en escena, y que su libro ni siquiera constituía una obra vanguardista dentro de esta materia.

En este mismo blog se encuentran, relacionadas con el contenido de este artículo, entre otras las entradas Los reyes son lo padres, Carta a Nereida, y El mito de Darwin y la realidad de la vida.
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Imágenes: Sir Joseph Dalton Hooker (derecha) y Thomas Henry Huxley (izquierda), miembros fundacionales del selecto X-Club que dominó la Royal Society de Londres (ambos llegaron a ser presidentes de la misma) y la ciencia británica en general durante el último tercio del siglo XIX. Fueron los principales responsables de la gran difusión de la obra de Darwin. Huxley fundó la prestigiosa revista Nature.



Cuarta entrega:
La propaganda como método científico

Máximo Sandín


“Una mentira es como una bola de nieve; cuanto más rueda, más grande se hace”
Martin Luther King

Repetida adecuadamente, una mentira, por grande que sea, acaba por convertirse en verdad, como bien sabían Goebbels y su jefe, por cierto, ferviente darwinista. Y, precisamente, es difícil encontrar un personaje histórico sobre el que, en tan sólo ciento cincuenta años, se haya tejido una red de mitificaciones, medias verdades y mentiras completas mediante el método de repeticiones de frases hechas a modo de “jaculatorias”, como el de Charles Darwin.

Pero vayamos por partes, como decía “Jack el destripador”. Para compartir con el lector, a partir de ahora, una mínima base para saber de qué estamos hablando, va a ser conveniente aplazar por un tiempo la labor “científica” para hacer unas pequeñas incursiones en la Historia, una disciplina que tiene mucho que aportar a los científicos, especialmente en lo que respecta al concepto de interpretaciones “objetivas”. Por ejemplo, entre la historia de Felipe II escrita por un inglés y la escrita por un español, es probable que existan distintas “objetividades”. Pues bien, vamos a ver algunos datos históricos sobre “la teoría de la evolución” elaborada desde “el continente”, que no es mejor ni peor que la elaborada en “La isla”, pero sí algo diferente.

Aunque las ideas y las investigaciones sobre la evolución son antiguas, el primer tratado dedicado íntegramente a la evolución, en este caso con la idea explícita de que una teoría evolutiva es la base teórica de la Biología, fue “Filosofía (teoría) zoológica” (1809) del científico francés Jean Baptiste de Monet, Caballero de Lamarck, profesor de la Sorbona. Sus ideas, (sobre las que habrá que volver), expuestas en su libro de una manera estructurada y metódica, eran asombrosamente avanzadas para su época, pero su concepción más general, que nuestros “maestros” se han encargado de satirizar con el manido ejemplo del cuello de la jirafa, era la de la capacidad de respuesta de los organismos al ambiente (algo sobre lo que también habremos de volver). En la primera mitad del siglo XIX, las investigaciones sobre la evolución proliferaron, especialmente en Francia y Alemania. Cuvier y su “Recherches sur les ossements fósiles de cuadrúpedes” (1812), en el que ponía de manifiesto la discontinuidad del registro fósil (no por “creaciones divinas, como se le suele atribuir). Geoffroy Saint-Hilaire con el “Cours de l’Histoire Naturelle des Mammiferes” (1829), con sus experimentos sobre cambios inducidos en el desarrollo mediante el estudio de embriones de pollo, Fréderic Gérard con su “Theorie de l’evolution des formes organiques”, publicada en el Diccionario Universal de Historia Natural (París, 1841-49), en la que hacía una perfecta distinción entre los cambios “microevolutivos” y la “macroevolución”. Incluso, desde 1850 se convocaban concursos sobre estudios paleontológicos: en 1856, la Academia de las Ciencias de París otorgó el premio al paleontólogo alemán Henrich-Georg Bronn por su informe “Investigaciones sobre las leyes de la evolución del mundo orgánico durante la formación de la corteza terrestre”. Todas estas investigaciones estaban muy bien encaminadas científicamente, pero estaban circunscritas al ámbito académico.

El 24 de Noviembre de 1859 se publicó en Londres el que ha sido calificado como “el primer best seller de la literatura científica”. Su autor, un victoriano acomodado aficionado a la naturaleza, Charles Robert Darwin (sobre cuya biografía épica volveremos más adelante). El día de su publicación se vendió la edición completa de 1250 ejemplares y una segunda edición de 3000 se agotó en una semana. En pleno auge de la revolución industrial y la expansión colonial británica, con duras repercusiones sobre sus víctimas, quizás su título nos pueda orientar sobre semejante éxito social: “Sobre el origen de las especies por medio de la selección natural o el mantenimiento de las razas favorecidas en la lucha por la existencia”. Pero también pueden ser muy ilustrativos en este sentido los dos conceptos que según él, constituían la base fundamental de sus argumentos “científicos”; especialmente, la “lucha por la vida” que el pastor anglicano Robert Malthus, discípulo de Adam Smith, aplicaba a la sociedad inglesa en su poco filantrópico libro “Estudio sobre el principio de población”. De hecho, Darwin afirma en su libro que su teoría “es la doctrina de Malthus aplicada con multiplicada fuerza al reino animal y vegetal”. El otro pilar fundador pertenecía al libro “La estática social” del filósofo social y economista Herbert Spencer, según el cual “Las civilizaciones, sociedades e instituciones compiten entre sí, y sólo resultan vencedores aquellos que son biológicamente más eficaces”. La aplicación de esta concepción a la Naturaleza, la explica Darwin de la siguiente manera: “He llamado a este principio por el cual se conserva toda variación pequeña, cuando es útil, selección natural para marcar su relación con la facultad de selección del hombre. Pero la expresión usada a menudo por Mr. Herbert Spencer, de que sobreviven los más idóneos es más exacta, y algunas veces igualmente conveniente”.

En cuanto a la única creación de su propia cosecha, la selección natural, dejemos que él mismo nos explique en su autobiografía la gestación de este “descubrimiento”: consistió en la lectura, durante lo que describe como “el período de trabajo más intenso de mi vida" (“Autobiografía”, pág. 66) de textos especialmente en relación con productos domesticados, a través de estudios publicados, de conversaciones con expertos ganaderos y jardineros y de abundantes lecturas”. El afianzamiento de semejante explicación “científica” de la Naturaleza, las narraciones épicas sobre el personaje, el ocultamiento y la tergiversación de los verdaderos precursores, instauradas sobre la hegemonía científica y cultural anglosajona, resultarían lagos de argumentar y documentar aquí (tiempo habrá), pero podemos adelantar une especie de resumen con la recomendación, con todo el aspecto de una orden que George Gaylord Simpson escribía en la revista Science en 1966 sobre la actitud que debían adoptar los científicos sobre los precursores del estudio de la evolución: “Deseo insistir ahora en que todos los intentos efectuados para responder a este interrogante antes de 1859 carecen de valor, y en que asumiremos una posición más correcta si ignoramos dichas respuestas por completo”. Y la orden ha sido cumplida hasta el extremo de “borrar” la Historia. Así comienza F. J. Ayala un reciente artículo en PNAS: “La gran contribución de Darwin a la ciencia es que completó la Revolución Copernicana al llevar a la biología la noción de la naturaleza como un sistema de materia en movimiento gobernada por leyes naturales”.

Y esta es la formación que los biólogos recibimos de nuestros “maestros”. Porque los libros en que adquirimos nuestra formación son en inglés. Las revistas en que hemos de publicar nuestros trabajos han de ser en inglés, si queremos que sean valorados. Incluso la forma de analizar los datos, la forma de ver la realidad, la forma de pensar, ha de ser “en inglés”. Porque tanto las bases conceptuales del darwinismo, como la “inexistencia” de lo ajeno son la más pura manifestación de muy arraigados principios y valores culturales.

Creo sinceramente que no se puede culpar a los biólogos de esta confusión. Hemos sido formados así. La actividad investigadora es, siguiendo los cánones anglosajones, de una competencia feroz. Cada especialista está encerrado en su tema sin tiempo para documentarse. Sólo para aplicar a sus investigaciones lo que les han enseñado. Lo que sí resulta algo molesto para los que hemos renunciado a la competencia para dedicarnos a intentar comprender el origen de esta enorme confusión, es cuando pontifican sobre su doctrina, repitiendo como un mantra lo que sus “maestros” les han enseñado.


Quinta entrega:
PUBLICIDAD ENGAÑOSA
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Máximo Sandín


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EUMEDNET Enciclopedia y Biblioteca Virtual de las Ciencias Sociales, Económicas y Jurídicas.

Recién graduado en Cambridge, con 22 años, un jovencísimo Charles Darwin se embarcó como naturalista sin sueldo a bordo del bergantín HMS Beagle, en un viaje que duraría cinco años (1831-1836). La obra científica de Darwin tiene como punto esencial su visita a las islas Galápagos. Su estancia en 1835, cumplió con un papel fundamental en la gestación de la teoría de la evolución”.

Este párrafo se podría considerar una “frase publicitaria-tipo” de las típicas introducciones a las “hagiografías” de Darwin que aparecen en toda clase de artículos periodísticos, presentaciones de congresos y homenajes e introducciones a “la Teoría de la evolución”, aunque si repasamos la totalidad de estas narraciones lo que nos encontramos es con una especie de enorme “slogan”. La coincidencia de las narraciones (aunque a veces se escapa algún “gazapo”) y, muchas veces, el prestigio de los firmantes de estos escritos resulta muy convincente para el lector profano en la materia, que no es consciente de que se trata de una historia acrisolada por copias de copias que se remontan a la creación “oficial” de la figura mitológica que trajo “la verdad” al Mundo. La tarea de desvelar la farsa resulta algo desalentadora frente a tan enorme capacidad de adoctrinamiento. Por eso resulta tan gratificante compartirla con el lector. Comencemos por el principio:

Darwin se graduó, efectivamente, en Cambridge, pero en Teología (concretamente “subgraduado” en Teología con el número diez de su promoción), con la idea de ejercer de pastor de la Iglesia anglicana. La calificación de “naturalista sin sueldo” hace pensar en una especie de “joven becario”, pero lo cierto es que la propuesta del viaje partió de su mentor en Cambridge, el reverendo J. S. Henslow, que escribió a Darwin: “El Cap. F. busca un hombre (por lo que tengo entendido) más para compañero de viaje que como simple coleccionista”. Porque el naturalista titular del Beagle se llamaba Robert Mc Cormick. Darwin se embarcó con un criado, abundante dinero y cuentas abiertas en las principales ciudades en las que se hizo escala. La competencia de Darwin, que podía reclutar a un considerable número de “nativos” para sus recolecciones de “especímenes” y los desprecios del capitán, por la condición plebeya de Mc Cormick, exasperaron al naturalista oficial del Beagle, que abandonó el barco en Río de Janeiro.
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En cuanto a la “gestación de la teoría de la evolución”, también tiene otra historia: Darwin no volvió del viaje del Beagle con ninguna idea formada sobre evolución, a pesar de que leyó el libro de Lamarck, según nos cuenta en su autobiografía. Los famosos “pinzones de Darwin”, “la clave del descubrimiento de la evolución”, pasaron desapercibidos para él, que los consideró gorriones, entre su desordenada colección de pájaros y mamíferos hasta que los estudió el taxonomista de la Sociedad Zoológica de Londres, John Gould, que tuvo que recurrir para ello a la mejor ordenada colección del capitán Fitzroy. La verdadera clave de su concepción “evolutiva” la narra él mismo en su autobiografía: “En Octubre de 1838, esto es, quince meses después de haber comenzado mi estudio sistemático, se me ocurrió leer por entretenimiento el ensayo de Malthus sobre la población y, como estaba bien preparado para apreciar la lucha por la existencia que por doquier se deduce de una observación larga y constante de los hábitos de animales y plantas, descubrí enseguida que bajo estas condiciones las variaciones favorables tenderían a preservarse, y las desfavorables a ser destruidas. El resultado de ello sería la formación de especies nuevas. Aquí había conseguido por fin una teoría sobre la que trabajar”. Porque también hay que aclarar que lo que realmente estaba “descubriendo” Darwin no era “la evolución” (estudiada hacía un siglo por los científicos en distintas universidades), sino el origen de las especies, es decir, que una especie se puede transformar en otra. El término “evolución” no aparece hasta la sexta edición de su libro, a sugerencia de Huxley, que estaba mejor informado. Pero aún tardó un tiempo en convencerse, y así se lo confiesa a su protector J. Hooker en una carta fechada el 11 de Enero de 1844 (ocho años después de su regreso del famoso viaje del “Beagle”): “Por fin ha surgido un rayo de luz, y estoy casi convencido (totalmente en contra de la opinión de que partí) de que las especies no son (es como confesar un asesinato) inmutables”.
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...continúa en este enlace.

4 comentarios:

Ender el Xenocida dijo...

Básicamente, Darwin sintetiza dos ideas: la de que las especies evolucionan unan a otras (idea ciertamente anterior a Darwin y cuyo máximo exponente fue Lamarck) y la idea de que el mecanismo que hace posible esa evolución es el de una selección natural debida a la adaptación de los diferentes caracteres variables de los miembros de una especie.

Darwin desconoce el mecanismo biológico en sí, que no será confirmado hasta el descubrimiento de las leyes de la herencia, pero se convence de su existencia.

Tampoco niega nunca que haya más factores ni que el factor de adaptación ambiental en vida, lo cual sería muy Lamarckiano, no pueda tener algún tipo de influencia sobre ese desconocido mecanismo. aunque, es la selección natural el factor tomado por más importante.

Sin duda, esa síntesis es el gran descubrimiento de Darwin, y de Wallace.
Reconocer la gran aportación de Darwin no es, en ningún modo, negar las interesantes ideas de Lamarck ni ir en contra de ningún tipo de idea holística o antireduccionista. Creo que sería un gran error ridiculizar el trabajo de Darwin a la par que se critica la ridiculización del de Lamarck, o bien ridiculizar el llamado paradigma reduccionista a la par que se ensalza el paradigma holístico u holográfico.

Por último, comentar que el pensamiento actual es heredero de la gran revolución darwiniana, del impacto que sitúa al hombre a la misma altura que el resto de especies (aunque para Darwin seguiríamos siendo creaciones diferenciadas de Dios, con alma).
Esa revolución ha hecho también posible que hoy tú escribas en estos términos, situando al hombre como una parte más de la naturaleza, o mejor dicho una parte de un todo que es más que la suma de sus partes (siguiendo el paradigma holístico).

Por tanto, tus críticas al darwinismo, son de algún modo, herederas de la revolución darwiniana. Felicidades.

Saludos.

Zetetic_chick dijo...

Jontxu, he publicado una entrevista con el profesor Carlos de Castro Carranza, a propósito del año de Darwin:

http://zeteticismo.blogspot.com/2009/04/ano-de-darwin-entrevista-al-profesor.html

También puedes reproducirla en tu blog, si lo estimas conveniente o útil para tus lectores.

Saludos

Jontxu dijo...

Hola Ender, primero de todo decirte que me encantó la novela de Orson Scott Card. A continuación me defiendo de tus críticas:

-Efectivamente la aportación de Darwin y Wallace es el mecanismo de la Selección Natural para explicar la evolución de las especies, y no la evolución en sí misma. Actualmente disponemos de abundante material cienfíco que apunta claramente a que esta idea (la Selección Natural como mecanismo evolutivo responsable de la generación de la biodiversidad) es erronea e incompatible con la evidencia experimental. En este mismo post encontrarás los enlaces pertinentes.

-El objetivo de estos artículos no es ridiculizar a Darwin, sino a la historia que se ha construido en torno a esta figura, así como demostrar la falsedad de dicha historia, y los intereses políticos responsables de la construcción de la misma.

-Por supuesto, Darwin nunca rechazó las ideas de Lammarck. Son los científicos darwinistas actuales quienes lo hacen.

-Tu conclusión final es sumamente contradictoria. Después de decir que la aportación de Darwin es la aportación del mecanismo de la Selección Natural (es decir, un mecanismo concreto de evolución), al final te subes al carro de la propaganda darwinista, que lo situa como el creador de la idea que coloca al hombre a la misma altura que el resto de las especies. Numerosos autores lo hicieron antes que él. Por citar a alguno tienes a Charles Lyell, el padre de la geología, que habla explícitamente de esta idea una década antes de que lo hiciera Darwin en El origen del hombre, o, sin ir más lejos, el propio Lammarck.

-Aún mayor falacia es decir que el paradigma holístico situa al hombre como una parte más de la naturaleza gracias a Darwin o, si lo prefieres, la revolución reduccionista (esto segundo sería mucho más preciso históricamente hablando). En todas las épocas ha habido autores no reduccionistas que concebían así al hombre, como los románticos del siglo XIX, sin ir más lejos. Esta idea es tan ancestral como la propia humanidad. El paradigma reduccionista contemporáneo ha situado al hombre a la misma altura que el resto de las especies al concebirlo de forma mecanicista (o, como tu insinúas, "sin alma", si bien eso del "alma" es un término bastante ambiguo que se puede emplear de muy diferentes maneras). El paradigma holístico ancestral también situa al hombre a la misma altura que el resto de las especies, pero por considerarlas a todas de forma organicista ("con alma" dirían algunos), como encontramos en las tradiciones milenarias de nativos americanos, africanos, o papúes, e incluso en tradiciones procedentes de culturas "civilizadas" como las orientales.

Jontxu dijo...

Gracias Zetetick, tenía pensado colgar algo de Castro de Carranza próximamente, en concreto fragmentos del artículo "el año de Darwin y Lovelock" que también tienes publicado en tu blog.

Voy a echarle un vistazo a la entrevista, seguro que está interesante.