lunes, 23 de febrero de 2009

Infancia libre y autorregulación en Summerhill School



Matthew Appleton, terapeuta reichiano y sacrocraneal, fue profesor en la escuela libre de Summerhill durante los años 80 y 90, es autor del libro A free range childhood: Self-regulation at Summerhill School. En este fabuloso prólogo que escribió para El manifiesto educativo de Íñigo Flórez, nos habla tanto de su experiencia como alumno en el colegio convencional como de la de profesor en Summerhill, acercando nuestra sensibilidad hacia lo que representan los llamados "centros educativos" para nuestras vidas y el modo en que condicionan nuestro desarrollo. Appleton nos proporciona también referencias de otras experiencias reales en diferentes lugares del mundo que también conoce de primera mano. Todas ellas han demostrado que, si se deja a los niños y adolescentes vivir en libertad, se desarrollan sin problemas.

Cuando abandoné el colegio para comenzar mi vida en el mundo de los adultos, yo era una persona insegura y emocionalmente volátil. Las investigaciones demuestran que las personas que han sido fuertemente institucionalizadas, como aquellos que dejan el ejército, un monasterio o la prisión, tienen muchas dificultades para hacerse con el mundo exterior. Casi una década y media de educación obligatoria no me había preparado para enfrentarme a un mundo en el que tenía que regular mi propia vida, tanto externa como internamente. Los colegios no son lugares que fomenten la madurez emocional.

Durante estos años formativos, vivimos de acuerdo a los planes que proponen otros. Poco es el tiempo que se da a nuestros impulsos internos, pensamientos y respuestas emocionales. ¿Cómo arreglárnoslas para averiguar quiénes somos en realidad, cuando se presta tan poca atención a la exploración de nuestros paisajes internos, con tan poco espacio para investigar nuestra naturaleza expresiva en relación con otros? ¿Cómo aprendemos a convertirnos en buenos ciudadanos, si nuestra ciudadanía no se practica como parte de una comunidad viva con la que podemos comprometernos plenamente?

Cuando dejamos el colegio, muchos de nosotros tenemos muy poca idea acerca de quienes somos. Quizás tengamos firmes opiniones, pero éstas están basadas en actitudes de sumisión o de rebeldía, desarrolladas a lo largo de años en los que se nos decía lo que teníamos que hacer, en lugar de preguntársenos quienes éramos, porqué sufrían nuestros corazones, o qué originales pensamientos ardían en nuestro interior. En un primer momento, al soltar las correas que nos ataban a los horarios de clase, nos invade una explosión de excesos y de extremos. La tensión de muchos años de energía contenida encuentra su expresión en la agresión, la falta de tacto, los encuentros sexuales dirigidos por la ansiedad, o el consumo irresponsable de alcohol y otros productos químicos. Hay un intento frenético de agarrarse a la vida que no se ha podido vivir plenamente; que ha tenido que relegarse y contraerse a sí misma para poder llenar la cabeza de hechos que tienen muy poco que ver con los intereses y las pasiones que uno genera. O bien puede que hayamos interiorizado la vida que se nos ha impuesto de una manera tan absoluta que no seamos capaces de reconocer nuestras propias voces interiores, y como perros de Paulov salivemos cuando creemos que se nos da un premio. Hacemos entonces aquello que se nos manda obedientemente. No hacemos preguntas y compramos un modo de vida, en lugar de formar una de acuerdo a nuestros propios impulsos creativos. A menudo alternamos entre una vida de sumisión y otra de transgresión de las restricciones, jadeando el aliento de la vida a bocanadas, antes de contener una vez más nuestra respiración para ajustarnos a lo que se exige de nosotros. Nuestros propios y más suaves ritmos internos hace tiempo que se han extinguido; de tal manera que lo único que conocemos es el sometimiento y el enfrentamiento a un mundo con el que, en algún lugar de nuestros recuerdos, sabemos que una vez fluímos, pero que ahora parece eludirnos extrañamente.

El día que abandoné el colegio, quemé los libros que había llevado de un lado a otro durante los últimos años. No se me ocurrió pensar que una década más tarde volvería al colegio, pero esta vez como miembro del personal. Este colegio era muy diferente al que yo había asistido como alumno. Era un colegio privado, en contraposición a los colegios dirigidos por el estado. En lugar de una vasta extensión de cemento y de cristal, con áreas de juego cerradas y hechas de asfalto, éste era un antiguo edificio de ladrillo rojizo, con varias dependencias afuera, su propio bosque y un par de campos. Enclavado en las afueras de una pequeña ciudad post-industrial, delimitaba sus confines con la campiña, mientras que mi colegio había estado situado en un área de viviendas en mitad de la ciudad. Mi colegio lo había compartido con más de mil alumnos, todos ellos chicos. En este colegio solo había unos setenta alumnos, chicos y chicas. Aquí la mayoría de los alumnos vivían juntos en comunidad, mientras que en mi antiguo colegio mis compañeros y yo dividíamos nuestra vida entre la escuela y nuestras casas cada día. Pero la diferencia más sorprendente entre los dos colegios era que en este colegio, los niños y los adultos vivían juntos como iguales, y los alumnos no tenían que asistir a clase si no querían.

El colegio se llamaba “Summerhill” y había sido fundado por un escocés llamado A. S. Neill en 1921. La experiencia de ver morir en la Primera Guerra Mundial a muchos de los chicos a los que él había enseñado en su escuela local, le hizo cuestionarse la validez de la forma de educar que estaba proporcionando. No le agradaba la idea de que los colegios inculcaran una falta de cuestionamiento tal ante la perspectiva de la muerte en el campo de batalla, o la servidumbre en las fábricas. En esa época, las ideas de Freud comenzaban a ganar popularidad. Inspirado por la teoría Freudiana de la neurosis, según la cual ésta es el resultado de tener que conformarse a una serie de normas sociales que entran en conflicto con nuestra vida instintiva, Neill creó un colegio que se adaptaba al niño, en vez de la idea más común de hacer que el niño se adaptase al colegio.

Yo trabajé en Summerhill entre 1988 y 1997 como “Houseparent” (persona responsable del bienestar de los internos). Esto significaba vivir en el colegio como un miembro de la comunidad, como un igual en relación a los niños que estaban a mi cargo. Fue una experiencia liberadora el poder relacionarme con los niños como personas reales, y también poder ser yo mismo con ellos. Una gran cantidad de nuestra relación con los niños es muy forzada y falsa. Está basada en nuestra necesidad de tener que saber más que ellos o de inculcarles valores, de la misma manera en que nos fueron inculcados a nosotros. Hemos perdido la capacidad de ser naturales con los niños, ya que hemos perdido la capacidad de ser naturales con nosotros mismos. Yo aprendí mucho viviendo con los niños de esta manera. Aprendí cómo pueden regular sus propias necesidades educativas sin necesidad de imposiciones. Aprendí que pueden ser muy razonables arreglando sus diferencias cuando están apoyados por una comunidad de iguales, preparada para escuchar a todas las partes. También aprendí y tuve que des-aprender cómo los propios resentimientos de mi niñez me hacían difícil aceptar verdaderamente a los niños tal y como eran. (Una cosa es teorizar sobre esto, y otra muy distinta vivir así día a día).

La leyes por las que se regía la comunidad eran tratadas y cambiadas, de acuerdo a las circunstancias, en las reuniones semanales. En estas reuniones, tanto los niños como los adultos, a la par, tenían cada uno un voto. Participando en estas reuniones, yo podía terminar discutiendo apasionadamente un punto con un niño de cinco años, o con un adolescente, o con otro adulto. A veces la comunidad votaba a mi favor, a veces a favor del niño de cinco años, o del adolescente o del adulto. En Summerhill aprendes a llevarte bien con los demás, incluso en el caso de que las cosas no salgan como tú quieres. También aprendes a estar tanto en el proceso de hacer las normas, como en el de romperlas (como niño mi experiencia personal estuvo limitada al de romperlas). A menudo, los visitantes que acudían a Summerhill se quedaban impresionados por lo razonables que eran los niños. Tambiés les sorprendía que los niños vieran el valor de tener normas en sus vidas, sin querer automáticamente saltárelas todas. Es el hecho mismo de tener el poder de crearlas el que hace que los niños conozcan su valor. Si solo conocemos las normas con las que vivimos como algo impuesto sobre nosotros, no cabe duda de que querremos deshacernos de ellas.

Summerhill puede sonar muy idílico, pero es un trabajo bastante duro el aprender a vivir con los demás. Aprendí mas acerca de esto en mis 9 años en Summerhill que lo nunca que aprendí en la escuela a la que había asistido de niño. Ahora puedo ver los puntos de vista de los demás y estar menos apegado a los míos que antes. Y veo también esas cualidades en los jóvenes adultos a los que cuidé de niños. Tienen facilidad para relacionarse con la gente, y una tranquila confianza en su bondad básica y en la de los demás. Ellos no están en guerra consigo mismos, ni con el mundo que les rodea, como le ocurre a tanta gente; tratan de navegar a su manera en la vida. Y están mucho más abiertos a aprender que muchísima gente después de tantos años de educación obligatoria. No tenían que asistir a clases por el mero hecho de ser niños. Lo hacían cuando estaban motivados para hacerlo. Sus recuerdos de la niñez son los de un mundo en el que el juego y los buenos amigos dominan su memoria, en lugar del tedio del aula de clase.

Una pregunta que suele hacerse es: ¿Pero pueden adaptarse al “mundo real”? El “mundo real” en este contexto se refiere invariablemente al mundo de las responsabilidades y del trabajo. La respuesta es “Sí”. En Summerhill aprenden a ser responsables aprendiendo a expresarse por sí mismos en las reuniones, tomando papeles activos en una comunidad de la que ellos verdaderamente se sienten parte, y que los acepta por lo que son. ¿Cuántos de nosotros podemos decir que realmente nos sentíamos parte del colegio al que asitíamos, y que éramos aceptados por él? En lo que al trabajo se refiere, he visto a los niños de mis días en Summerhill florecer en un amplio rango de distintas profesiones, incluyendo físicos, biólogos, médicos, artistas, músicos, constructores, horticultores, actores, terapeutas, restauradores y fotógrafos entre otros. Tienen sus más y sus menos como todo el mundo, pero la mayoría parece que van bien. Creemos que tenemos que forzar a los niños para que aprendan, pero los niños son naturalmente curiosos acerca de la vida, y quieren aprender a usar las herramientas que necesitan para ir por el mundo. Es la obligación que imponemos a los niños lo que mata el deseo de aprender que siempre ha estado ahí. Si se les da la oportunidad de jugar todo el día, los niños deciden aprender cuando están listos para ello.

Summerhill es un ejemplo vivo de este enfoque hacia la niñez. Es una realidad, no una fantasía. Como en cualquier otro grupo de personas que haga vida en común, tiene sus dificultades, sus frustraciones y sus defectos, pero a pesar de ello funciona. ¿Se trata de un ejemplo aislado? No. La idea de auto-gobierno que Neill introdujo en Summerhill la sacó del trabajo de Homer Lane, que dirigió un reformatorio para delincuentes juveniles en esta linea a principios del siglo XX. Janusz Korczak, un médico judío polaco, introdujo principios similares en los orfanatos a su cargo hasta que sus jóvenes y él perecieron en las cámaras de gas de Treblinka. En los años 60, Michael Duane, director de Risinghill, un gran instituto situado en un barrio obrero de Londres, adaptó los principios democráticos de Neill. Durante todo este tiempo los resultados en los exámenes y los niveles de asistencia mejoraron notablemente, mientras que el número de jóvenes que se metían en problemas con la ley se redujeron drásticamente. Hace pocos años visité el Albany Free School en el estado de Nueva York. Este colegio lo fundó Mary Leue después de visitar Summerhill. El colegio atiende a gran cantidad de niños provenientes de entornos desfavorecidos, muchos de los cuales han sido medicados con fármacos para el ADHD[i], o han sido expulsado de otros colegios debido a problemas de comportamiento antes de llegar allí. Me parecía estar en mi casa después de haber estado en Summerhill. Es una comunidad vibrante con verdaderos valores democráticos. Los niños diagnosticados con ADHD lentamente empiezan a calmarse en cuanto se les da, por una parte, un espacio para que puedan correr, y por otra la contención que proporciona una comunidad de iguales, que no juzga ni etiqueta a nadie, sino que establece directrices claras basadas en las necesidades del día a día.

Estos son solo unos cuantos ejemplos de colegios y hogares en los que los niños han podido regular sus propias vidas educativas y emocionales. Cada uno de estos colegios ha tenido éxito en su campo. Hay muchos más ejemplos que podría citar. Entonces, ¿por qué no hay más colegios operando con estos principios? La única respuesta puede que sea que tenemos una fortísima creencia cultural de que hay que forzar a los niños para que aprendan y se conviertan en ciudadanos decentes. No tenemos suficiente confianza en los niños para tratarlos como a iguales. No los aceptamos tal y como son, sino que buscamos la forma de moldearlos para que sean como nosotros, de la misma forma en que hemos sido moldeados para acabar desconfiando de nuestra propia naturaleza. Imponemos a los niños formas de ser que no son las suyas propias. Les hablamos con voces condescendientes, y no tomamos sus dramas tan seriamente como nos tomamos los nuestros. Les persuadimos y engatusamos diciéndoles que son maravillosos cuando hacen las cosas que pensamos que deberían hacer. Y les castigamos cuando no se ajustan a nuestas expectativas. Les imploramos cuando no sabemos cómo mantener nuestros derechos como iguales, poniendo fronteras que no están claras, y dándoles solo mensajes entremezclados de nuestra propia confusión.

Este libro de Íñígo Flórez de Losada establece algunos principios básicos para un enfoque más democrático de la educación. Los ejemplos que les acabo de dar en esta introducción demuestran que estos principios pueden funcionar en la vida real. Yo los he vivido, y han impregnado mi vida desde entonces. Cada frase de este libro nos da la oportunidad de plantearnos cosas. Podemos estar fervorosamente de acuerdo con lo que aquí se dice, o podemos rechazarlo. Cualquiera que sea nuestra respuesta, espero que este libro nos haga cuestionarnos aquellas cosas que damos por sabidas, y reflexionar acerca de las posibilidades que todavía nos esperan.


Matthew Appleton
Bishopston, dicembre de 2007

[i] Attention Deficit and Hyperactivity Disorder: Déficit de Atención y Desórdenes de Hiperactividad (los llamados “niños hiperactivos”). El colegio sólo admite niños que han sido diagnosticados con el síndrome ADHD si se detiene la medicación.

Lo natural en el modelo urbano: Paradojas y soluciones

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Hacemos eco aquí también del artículo de Enric Trenchs publicado en la revista Milveus, un análisis sangrantemente honesto de quien ha sido testigo en primera persona, tanto como terapeuta como paciente, de la evolución de la "cultura bio" y las terapias naturales en el medio urbano a lo largo de los últimos años.
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Sobre las consultas de naturopatía, las herbodietéticas, los ecologistas urbanitas, los bioconsumidores responsables urbanos y el freno al desmantelamiento del insustentable modelo de vida urbano, clave de la Reengendración del Sistema.

Si el médico naturista fuera lo suficientemente sintético para reducir todos los consejos y sugerencias de su receta para su (im)paciente, en una frase... pongamos del tipo:

-Levántese temprano y curará todos sus males.

¿Creéis que la íbamos a cumplir? Tan sólo es un consejo, un simple consejo a llevar a cabo con éxito garantizado. ¿Qué es lo que pasaría? Evidentemente que una receta-diagnosis con tan pocas medicinas y consejos haría perder valor y credibilidad a ese terapeuta. Y aparte, aunque solo sea una sugerencia médica, es muy difícil de cumplir. De hecho es mucho más fácil hacer un montón de cosas e incluso gastarse una buena cantidad de dinero para demostrarse el esfuerzo que uno hace para curarse. Son el pago de nuestra remisión por los pecados de los malos hábitos.
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El paciente urbano prototipo, con una Patía de su naturaleza o, si se prefiere, con una Naturopatía, está dispuesto a gastarse mucha pasta en una herbodietética. Está harto de su fugaz visita con su médico de cabecera y tomar sus venenos curalotodo recetados por ecritura automática teledirigida por la propaganda multinacional. El (im)paciente de hoy en día quiere más atención y complejas explicaciones que justifiquen ese extraño malestar o desequilibrio que tanta ansiedad le produce. Cada naturópata ingenia sesudamente completos y originales diagnósticos. El (im)paciente espera con anhelo el remedio definitivo y realiza toda una romería de terapeutas durante años para encontrar qué es lo que le pasa, cuál es el medicamento definitivo o el nutriente clave que debe suministrar a su organismo.

La agresión urbana y sus refugios

Durante este peregrinaje terapéutico, el sufrido paciente no duda en gastar mucho dinero en un buen repertorio de productos curativos que luego no toma, comida especial de tienda ecológica que en realidad no le gusta. Como por ejemplo las algas y los cereales inmasticables, ¿No me vais a decir que los que habéis sido sugeridos a tales prácticas como yo mismo, nunca habréis tirado a la basura una bolsa de algas a medio consumir, pasadas o incluso sin empezar? Y que decir de toda la infinidad de productos "naturales" de la cochinchina que promociona la dieta de “lo Natural”. Ese periodo es bien conocido por todos los afectados por el síndrome del urbanita. Sí sí, me refiero a esa etapa en la que, sin darnos cuenta, las dietéticas se convierten en un refugiobunker a la agresión contaminante de la ciudad y de todos sus elementos. Serían como una especie de capillas de avituallamiento en este bucle sin fin de terapias alternativas.

Y entonces cómicamente se producen historias del tipo:

-"Consigo pasar media ciudad, un desierto todo lleno de bares con refrescos carbonatados azucarados, cafés, bollería farinácea y carnaza rebosante de grasas animales... de repente…¡un OASIS! Huele a incienso o aromaterapia a veces, hay una fuentecilla en la entrada o se oye musiquilla de mantras y el omh, ¡ohhh! ¡Estoy a salvo! Dios que feng shui que hay allí. Han curado todas las geopatías habidas y por haber, la cobertura de móvil inhibida.... no me lo creo... me pido un biozumo en botella de vidrio, unos snaks macrobióticos o una barrita energética (ya pasó el tiempo de la tapa rinítica de jamón ibérico de bellota y la cañita de turno con ‘humidificación del bazo’, ya no, me he curado de ese mal vicio). Ahora mi triunfante voluntad me hace disfrutar de esa deliciosa comida certificada ecológica, he regulado el ying y el yang de mis órganos... me sabe mal por los plastiquillos y el envase del zumo, soy más consciente de mi huella ecológica, pero ahora las ciudades tienen containeres coloridos de reciclaje. Gracias a la medicina alternativa he equilibrado mi armonía y estoy en un punto más natural.”

Las consecuencias de la Urberesistencia

Pero, ¿qué pasa con la mayoría de gente resistente a la ciudad, con la que aún les aguanta el cuerpo toda esta dureza de tal medio hostil para nuestra naturaleza?

Para sobrevivir en la ciudad, la mayor parte del personal poco a poco se ha ido convirtiendo en bloques de hormigón inconscientes. Se crea una tenebrosa seudo vida mental substitutoria. Es normal, la ciudad vampiriza la vida a los seres humanos que en ella se mueven, y ellos, para sobrevivir, deben vampirizar la energía vital en el extrarradio de todo lo que pueden, esquilmando la vida en la tierra mediante los brazos del pulpo industrial. La falta de contacto con el sol, el no vivir en un espacio abierto y limpio en plena naturaleza, hace que nos convirtamos en entidades humanas desvitalizadas y adormecidas. Ese brutal desgaste de forma de vida se suple artificialmente con un despilfarro de energía y medios.

Lo habitual es el comer carne y todo tipo de semi estimulantes diariamente y a toda hora. La carne tiene un poder recuperador físico enorme, aún y el coste en toxinas que recibe el cuerpo, comiendo la carne y el espíritu de otros seres semejantes reponemos nuestras pérdidas, y podemos afrontar ese intenso desgaste de la agresión urbana y su esclavitud total por la actividad laboral deshumanizada, obligadamente necesaria “para ganarse la vida”. Creo y teorizo que esta sería una de las más importantes razones por las cuales el sistema ha tenido que inventar la odiosa ganadería intensiva. Sin la carne y el azúcar refinado, tengo la extraña sensación de que las ciudades no serían lo que son ahora…

Otros medios de recuperación del urbanita, podrían ser los costosos viajes turísticos vacacionales con el fin de regenerarse, y, como es norma, olvidando los costes medioambientales que producen; desplazamientos globales por tierra, mar y aire, y la antiecológica infraestructura turística. También es interesante nombrar toda esta actividad para complementar esas faltas de la vida en la urbe, como pueden ser los complementos nutritivos y la industrialización de síntesis extractiva de materias primas, monocultivos, etc. Y, cómo no, la producción de entretenimiento con su industria del cine o TV y el despilfarro culminante de la estupidez humana: las compras y toda la maquinaria extractiva productiva industrio comercial que está dejando nuestro planeta verde-azul, en un planeta asfalto-luces publicitarias..

Lo Natural, la Nueva Era y la cultura Bio

Al hilo de lo escrito, no quiero olvidar mencionar, también dentro de esta relación, el teóricamente inocuo uso de “lo natural” en las ciudades, como supuesta fuente de vida sin daños colaterales. Acompañado por una religión sincrético confusa, en la que se hace un ecléctico esfuerzo para no identificarla con ningún tipo de creencia institucionalizada, declarando sobre todo que “no es una religión como las demás”, es un despertar para el cambio de paradigma, un movimiento espiritual libre, la Nueva Era.
Amig@s, la verdad es que lo de las herbodietéticas llenas de hamburguesas vegetales y bollería refinada a lo Bio me deprimen el alma... ¿no os parece una sustitución de toda la gama de productos Mc’Adictivos estandarizados? Quién quiere comer sano no tiene porque comer en un formato estereotipado saciador bioansiolítico.

No me da la sensación de dietético lo que veo en las dietéticas, aunque ofrecido con buena voluntad, no dista mucho del clásico producto procesado e industrial. Desde mi punto de vista algo dietético empezaría por serlo siendo vivo, digestivo y orgánico, lo cual parece olvidarse muchas veces en las herbodietéticas, donde todo esta mega empaquetado como en el peor de los supermercados y donde los productos son importados desconsideradamente desde cualquier rincón de este planeta. Quizá irse a buscar una barrilla de pan y una ensaimada con la bolsa de ropa al panadero de siempre, o ir con la cesta al mercado de toda la vida, no es tan antiecológico en términos generales al fin y al cabo.

Por el contrarió, la tendencia hacia lo Biodietético, hace que me compre unos espaguetis de Italia, un pan de Alemania, un queso de Francia, una soja de Sudamérica, un arroz de Tailandia....y todo en sus bolsas perfectamente etiquetadas. Y otro despropósito más: que siempre que se funda una bombilla en casa se reponga por una de bajo consumo obedeciendo a uno de los mandamientos del Global Wharming, pero ignorando que estas bombillas verdes son una mina antipersonal en potencia por la cantidad de venenos que contienen en su interior y un derroche de medios en cuanto a su fabricación. En definitiva, lo importante es que nosotros ahorremos la energía no la indústria, ya que no puede parar de fabricar costosos productos para nuestro mercado “alternativo”.

Consumo responsable y rurbanización

Por suerte, parte de los consumidores más conscientes han creado-recuperado las cooperativas de consumo y producción local ecológica, donde van con sus cajas y sus bolsas de ropa para comprar a granel, y donde además, en principio los productos proceden directamente del productor. Esta opción tan positiva para la salud y economía de los consumidores está potenciando la producción ecológica de la agricultura cercana de estos núcleos urbanos. Lo cual es muy favorable para los campos externos, pero desgraciadamente mantiene las ciudades y sus habitantes, aunque más sanos, en un esquema de vida urbano parecido.

Si os fijáis, el mundo de las terapias pierde el sentido fuera de las ciudades. Y lo mismo le pasa a este tipo de agricultura biológica. Si no se puede producir para las ciudades, ¿para qué se concibe? En el campo la gente ya hace una vida bastante sana, y no son unos consumidores compulsivos de “lo Natural”. Los urbanitas si son unos adictos a “lo Natural”, y sólo hay que ver la publicidad como abusa del término “natural” para entender el negocio que supone acercarse a esos criterios aunque sea falsamente, como se puede observar en la mayoría de productos, tanto alimentarios como energéticos.

En fin, las opciones de consumo responsable serán justas y correctas cuando se produzcan siguiendo humildes modelos rurales del pasado pero actualizados con tecnología y conocimiento de hoy.

En mi opinión, difícilmente habrá consumo responsable con tantas opciones atractivas poco racionales de consumismo mientras se tengan los pies en la ciudad. Por tanto, basta ya de querer Naturalizar la vida Urbana, cuando en realidad la tendencia de siempre ha sido el fatídico Urbanizar la Naturaleza. Siendo sensatos y éticos con nuestra vida, tan solo es admisible empezar de nuevo en un moderno proyecto de reruralización, ruralización urbana o, como algunos ingeniosamente llaman, Rurbanización.

Atrapados en el cemento

Así es que de momento, mientras no se sucedan estos radicales cambios, sus habitantes viven en una enfermedad crónica que se ha ido convirtiendo en una pauta dentro de la calidad de vida normal. Se que decir esto es una herejía en nuestra cultura ultra tecnológica y avanzada del bienestar. Y ya no se nos ocurra hablar de algún historiador o antropólogo que haya descubierto culturas no urbanas completamente sanas viviendo en armonía. No tan sólo se desacredita completamente sino que se niega rotundamente.

Es cierto que la enfermedad ha existido siempre, pero sobre todo del tipo actual, desde que empezamos a vivir en pueblos y ciudades. Al igual que en los peces aparecieron enfermedades cuando los hacinamos en piscifactorías. Resulta que las enfermedades que se conocen en peces, solo se producen en sitios contaminados costeros y en piscifactorías. Qué análogo es con la humanidad. Fue alejarnos de la naturaleza cuando empezaron nuestras patías. El gremio de la medicina estalló, era lógico, hacía falta un sistema para devolverle a la humanidad su salud. De aquí que se inventaran todo tipo de ingenios sanitarios para restablecer el desequilibrio de lo natural, tanto de la medicina tradicional como de las actuales medicinas modernas. A mi modo de ver, y con toda la buena intención, creo que todo este tipo de bondadosos servicios de ayuda al personal urbano, se están olvidando de lo primordial. Sin lugar a duda su ayuda es fundamental para todos nosotros, pero creo y repito desde mi punto de vista, que deberían añadir una Orientación Final en su tratamiento.

Remedios lúcidos contra la Urbepatía

Para ser un centro de la salud honesto, lo que tendrían que recetar es una huída vital de la ciudad y todas sus Urbepatías de su Naturalidad. Tendrían que decir:

-"Sinceramente, no gaste su dinero en curar lo incurable, ahorre el dinero para irse de este medio que le esta enfermando, tanto desde sus incontables contaminaciones físicas, como del planteamiento social de vida malsano. Prepárese lo antes posible, ¡no se demore! Usted, antes que nada, necesita respirar aire puro. También debería beber agua viva limpia sin tratar y de manantial. Usted no solo necesita silencio para descansar en las noches, también para vivir en paz durante el día. Usted necesita alimentos vivos y naturales hechos con respeto y cariño. ¡Por favor!, no hay nada más enfermizo que vivir con estrés, búsquese un sitio donde encuentre calma y libertad para vivir lo que su Ser desee y con quien desee. Cambie su vida radicalmente. Utilícenos para depurarse y ver las cosas mas claras en su camino hacia el bienestar real, pero no se quede en eso, revolucione su vida. Gane un poco de fuerza y márchese. Esto no es un centro de salud, esto debería ser un centro de orientación vital y rescate de seres ya demasiado frágiles y sensibilizados. No intentamos modificar o adaptar las personas con una sobredosis de productos y costumbres a “lo natural”, sino que siendo conscientes de que nuestra esencia ya es natural, lo primordial entonces es buscar su medio original.”

Petición desde el corazón

La ciudades sobreviven a esta locura en parte porque un sector bienintencionado de sus habitantes, como vengo reflexionando, se dedican a la restauración lucrativa del estado natural del personal afectado. Es cierto que hoy todo es negocio, pero es lastimoso que se tenga que mercantilizar el derecho al bienestar natural. Cuanto antes se tome conciencia de este aspecto, y honestamente nos desocupemos en intentar curar lo incurable, antes llegará la crisis profunda por falta de apoyo a la que tiene que llegar la ciudad para que cambie su modelo radicalmente y se convierta en un lugar humanizado donde la vida se pueda desarrollar saludablemente. Cuanto antes dejemos de alimentar al monstruo urbano con nuestro impulso vital, antes pararemos toda la innecesaria mega estructura inconsciente que está destruyendo el planeta.

Si queremos hacer otro tipo de ciudades y de vida en ellas con respeto por el resto del planeta debemos refundarlas completamente. Y para hacerlo bien, las que hay, deben ir muriendo y rediseñar otros tipos de formas de vida completamente respetuosas con el medio ambiente global y sus habitantes, si queremos continuar existiendo en este precioso planeta.

Es en este sentido que este escrito es una llamada a los sectores sociales jóvenes de espíritu y más concienciados, que aún viven en la ciudad. Que con su gran sensibilidad, compasión y fuerza mantienen en cierto equilibrio la vida en ese inframundo. Es una llamada para que abandonen su apoyo y esperanzas en la renovación del Obsoleto Modelo Urbano y preparen el valiente y responsable cambio de vida hacía la transición en lo rural, tan apropiado para estos tiempos que vienen. Desviando así su valiosa energía vital de apoyo al Yermo Asfalto, para dedicarse ahora al Fértil Campo olvidado. Permitiendo que la balanza se estabilice, y el Campo recupere su fuerza para contra el Sistema de Muerte Urbano.

................................................................................................................Enric Trenchs Matas

domingo, 15 de febrero de 2009

Los reyes son los padres


El texto que va a continuación es un extracto de la respuesta que dí a unos comentarios que me enviaron por correo, referentes a uno de los últimos artículos de Máximo Sandín, publicado en el fabuloso blog de Miguel Jara. Se hablaba en ellos de las aportaciones al avance científico de la obra de Charles Darwin, así como al mejoramiento de la sociedad. Lo que trato de exponer es la aplicación, una vez más, del principio manipulación histórica o ingeniería social (empleando la jerga orwelliana de 1984) en este caso concreto, facilitando las referencias que rastrean la información pertinente. Casos como éste o el de la investigación de la Duquesa de Medina-Sidonia (que también cito más abajo) resultan de gran significación, ya que ponen de manifiesto dos fenómenos que ejercen una gran influencia en nosotros debido a nuestra automatizada inconsciencia acerca de los mismos: El primero es que nuestras valoraciones sobre personajes y hechos históricos se basan en su mayor parte en fuentes indirectas, en las que la adoctrinación recibida por libros de texto y divulgación juegan un papel preponderante. El segundo es que dicha adoctrinación, como explica Luisa Álvarez de Toledo en el enlace, a menudo corresponde más a intereses sociopolíticos que a una descripción cabal de los acontecimientos del pasado.


Hola a todos, me acaban de llegar vuestros comentarios sobre los artículos de Máximo. Llevo ya mucho años documentándome sobre este tema, y me gustaría compartir con vosotros parte de la información para aclarar algunas cosas, ya que os ha llegado en un momento un poco turbio, con el debate sobre el creacionismo recién importado de EEUU, y toda la ofensiva mediática del aniversario de Darwin. El debate serio sobre el darwinismo lleva ya en realidad muchos años existiendo (aunque en la sombra, como tantas otras cosas), así que no es ninguna "revolución" o “involución” de ahora, de este momento. Y es un debate que en realidad son dos, y bien diferenciados, aunque se encuentren estrechamente interrelacionados entre sí.

Uno es el debate "científico", y por científico quiero decir referente al estudio e investigación acerca de la fenomenología natural. Conviene recordarlo, porque estamos adoctrinados de tal forma que a menudo identificamos como científico sólo lo que las autoridades (es decir, las revistas de alto impacto como Science o Nature, tan prestigiosas como herméticas y poco transparentes en cuanto a sus criterios de aceptación) dictaminan que lo es.

El otro es el sociológico, que trata principalmente del análisis de la evolución histórica del pensamiento darwinista y neodarwinista, es decir, las causas de su aparición y su papel en la sociedad moderna y en la ciencia. En este campo, si investigamos un poco, nos encontramos con sorpresas tan impactantes como en el anterior, algunas de las cuales son las que os quería comentar en este mensaje, ya que vuestros comentarios se enmarcan principalmente aquí, en el aspecto sociológico del debate. Pero antes de continuar quisiera insistir en que para informarse sobre este "debate en la sombra" en cualquiera de los campos mencionados, especialmente por la cantidad y calidad de referencias que se citan, recomiendo los artículos recopilados en las páginas de Máximo Sandín y Guillermo Agudelo.

Por lo general, tendemos a pecar de inocencia cuando hablamos de historia. Olvidamos casi automáticamente que la información de la que disponemos, y desde la que elaboramos nuestros juicios y conclusiones, raramente procede de fuentes originales, sino, en más de un 90%, de lo que nos han inculcado los libros de texto escolares y los ensayos seleccionados por las empresas dominantes del mercado editorial. Casos como el del trabajo de investigación de la duquesa de Medina-Sidonia (eficazmente sometido al boicot y la censura, como explica ella misma en esta entrevista) nos recuerdan que el contenido de estos textos tiene más que ver con intereses políticos que con la verdadera historia de nuestro pasado. Así, de la misma manera que se ha ocultado durante siglos el comercio árabe de productos americanos desde 400 años antes del viaje de Colón, igualmente se han ocultado los tres cuartos de siglo de discusión científica acerca de la evolución que precedieron a la obra de Darwin. Acerca de esto último, el trabajo de investigación más riguroso (basado en fuentes originales) que conozco es el de Andrés Galera, del departamento de Historia de la Ciencia del CSIC.

El trabajo de este investigador nos pone de manifiesto un primer mito, que es el de la atribución al trabajo de Darwin el mérito de la primera explicación científica, no religiosa, del origen de las especies y la evolución. El único trabajo anterior a Darwin que se menciona es el de Lammarck, y únicamente para ridiculizarlo, por lo general empleando el manido ejemplo del cuello de la jirafa (por supuesto nunca mencionando ejemplos mucho más absurdos que podemos encontrar en la obra de Darwin) y sin explicar prácticamente ni papa del resto de su obra, amén de la presentación de un debate entre las ideas de ambos que jamás existió (ni siquiera fueron coetáneos, y Darwin nunca rechazó las ideas de Lammarck). Íntimamente ligado a este mito, está la identificación, amplia y repetidamente difundida en los medios de comunicación de masas, de la Teoría de la Evolución con la Teoría de la Selección Natural. Como pude comprobar por enésima vez la semana pasada leyendo un artículo de El País, que explicaba que "todavía hay quien pone en cuestión la Teoría de la Selección Natural", refiriéndose por su puesto a los llamados "creacionistas" de forma exclusiva, y ofreciendo como única alternativa a dicha teoría, como viene siendo habitual, la del Diseño Inteligente.

Aquí estoy dando sólo unas pequeñas pinceladas del mito de Darwin, para un cuadro mínimamente completo recomiendo el artículo "Sobre una redundancia: El darwinismo social" colgado en la página de Máximo. Pero no quisiera pasar por alto el aspecto más importante de todo mito, que es el de los intereses que lo crearon. Por que no se crea un mito de estas características sin unos intereses, generalmente políticos, detrás. Y aquí nuevamente nos encontramos con dos líneas de investigación, la primera de las cuales nos lleva al siglo XIX, a la primera fase de elaboración del mito. En los artículos de Galera y Sandín encontramos material de sobra para probar que la principal diferencia entre el trabajo de Darwin y el de sus predecesores teóricos de la Historia Natural, no se halla en el ámbito de la innovación científica sino en el del éxito y reconocimiento social, ya que fue, y esto sí es cierto, el primero que trascendió el mundo académico y llegó al público general. De modo que si queremos averiguar qué intereses hay detrás de esta historia, una buena opción es investigar los posibles intereses de los artífices de este éxito, los apadrinadores y principales difusores del trabajo de Darwin, el denominado "X-club". El X-club, formado por nueve hombres entre los que se encontraban Huxley o el economista Herbert Spencer, llegó a ser tan influyente durante la época victoriana que de ellos se llegó a decir que "dirigían la ciencia británica". Su principal cometido, sustituir el antiguo paradigma cultural, la antigua cosmovisión sobre la que descansaban la Europa feudal y, posteriormente, los grandes estados de la Edad Moderna, basada en el catolicismo o el protestantismo, según la zona (el segundo en realidad vino a ser una transición entre el primero y el actual, pero no nos extendamos ahora en eso), por un nuevo paradigma basado en la ciencia, o mejor dicho, en unas tendencias y líneas de desarrollo científico basadas a su vez en una racionalidad, filosofía, y cosmovisión muy concretas, descritas a mi juicio muy brillantemente por el filósofo de las ciencias Mauricio Abdalla.

Una racionalidad, filosofía, y cosmovisión que constituyen ni más ni menos que el pilar metafísico sobre el que descansa nuestra sociedad actual, nuestro modelo socioeconómico y nuestro modelo de convivencia. Y creo que a estas alturas empezamos a abordar el mito en su auténtica magnitud, su importancia y su significado.

La segunda línea de investigación nos lleva al origen del paradigma neodarwinista y el pistoletazo de salida del boom de la investigación molecular basada en el reduccionismo genético, impulsada principalmente, al menos en sus primeros tiempos, por la fundación Rockefeller. Para acortar me remitiré a otra obra abundante en referencias y que se adentra, en detalle y perspectiva, ampliamente en este nuevo episodio. Se trata del libro Biopiratería (editorial Icaria) de Vandana Shiva. En esta fase podemos apreciar que los intereses que hay detrás del mito cobran una forma muy tangible: Es un hecho que dos de los sectores industriales más poderosos y lucrativos del mundo, y con más importancia en la Bolsa, a saber, el farmacéutico y el de las nuevas tecnologías de la agroindustria, se desarrollan desde una metodología científica enteramente basada en los principios del neodarwinismo; a saber, que las características o "rasgos fenotípicos" de los seres vivos están codificadas en unas secuencias individuales de nucleótidos denominadas "genes", que se modifican (evolucionan) de forma completamente azarosa, siendo seleccionados de forma natural (o bien de forma "artificial" por la mano del hombre) en función de su "fitness" o eficacia biológica (o económica en el caso de las "nuevas tecnologías").

Comprendo que resulta difícil de asumir que verdades tan universalmente aceptadas como las que figuran en los libros de texto de historia y biología resulten no ser tales. Es algo así como cuando nos cuentan que los reyes son los padres. Aquí es ya opción de cada uno el vencer las resistencias e investigar, ir a las fuentes, tratar de corroborar unas ideas u otras, de discernir qué es lo más verosímil, que explicación cobra más sentido a medida que ahondamos en la perspectiva y el detalle.

Y aún queda otro aspecto de crucial importancia, el de los mecanismos que hacen posible que la verdad acerca de un mito establecido no vea la luz. Existen muchos medios, que son puestos en práctica en primer lugar por el lobbismo científico, impulsado en última instancia por intereses privados.

El más elemental de ellos exactamente análogo al que practican los mass media a la hora de "informarnos", es decir, en primer lugar, seleccionar lo que es noticia y lo que no. Así, en los relatos históricos, se seleccionan unas anécdotas y se omiten otras, generando como consecuencia una historia completamente artificial. En el aspecto científico, de capital importancia es la aplicación rutinaria de desiguales "standards de aceptación" acerca de hallazgos y resultados experimentales por parte de la élite dirigente de la comunidad científica (equivalente y análoga en funciones a la "jerarquía eclesiástica", en cuyo eslabón más alto se encuentran los círculos de influencia de las denominadas "revistas de alto impacto"). Para todo resultado que corrobore la teoría hegemónica en un campo dado, especialmente en aquellos más significativos a los intereses de dichos "círculos de influencia", se aplican unos standards de aceptación muy bajos, casi nulos. Se trata del "todo vale", y como resultado de ello son las innumerables barbaridades con las que nos sorprenden habitualmente las grandes revistas (como por ejemplo, ésta ) y las tremebundas chapuzas científicas aceptadas con la máxima seriedad, como la teoría de la "Eva mitocondrial", por poner el primer ejemplo que se me viene a la cabeza.

Por otro lado, los resultados y hallazgos que refutan dichas teorías hegemónicas son sometidos a unos standards de aceptación altísimos, casi insalvables, cuando no se rechazan directamente sin dar la menor explicación al respecto, como es la costumbre de Nature. Haciendo un sólo pequeño esfuerzo de imaginación, podemos hacernos a la idea del profundo alcance, en lo que a sesgo intelectual se refiere, que tiene, por acción acumulativa, año tras año y década tras década, la aplicación universal y rutinaria de estas prácticas.

Referencias:

GALERA, A. (2002). Modelos evolutivos predarwinistas. Arbor. Nº 677 Pp. 1-16.

ABDALLA, M. (2007). El principio de cooperación. Ed. Crimentales, Murcia.

SHIVA, V. (2001). Biopiratería. El saqueo del conocimiento. Icaria, Barcelona.

Ecoaldeas: Porqué caminar hacia la coherencia



A menudo es necesario pararse a recapitular lo que ya sabemos, para que ese conocimiento se cristalice en una herramienta de evolución. Por eso es en los diálogos donde maduran las ideas. Por eso este no es un texto de divulgación, sino parte de un diálogo con vosotros, con nosotros, los que estamos en el camino de intentar estar en el camino.

Nada hay de profundo en lo que voy a decir, sólo voy a hablar de lo evidente, de la evidencia que como tal tiende a pasarse por alto. Y la primera evidencia que tiende a pasarse por alto es nuestra propia salud, la sanación de nuestras contradicciones internas. A más contradicciones, mayor inconsciencia (el inconsciente tiene que hacerse más grande para evitar la fricción que ocasionarían dichas contradicciones), a mayor inconsciencia, menor salud, a menor salud, peor calidad de nuestras relaciones, y a peor calidad de nuestras relaciones, mayor inoperancia en nuestro anhelado intento de acción por el cambio social.
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El camino a la coherencia se encuentra con todo tipo de resistencias, tanto propias como ajenas, que a menudo toman la forma de argumentos racionales. En cuanto a nuestra actitud como consumidores, los dos principales argumentos de resistencia que he encontrado, giran en torno a dos ideas: 1-No hay forma de escapar de la gran maquinaria del sistema, hagas lo que hagas estás contribuyendo y por tanto da igual lo que consumas. 2-Tú sólo aportas un ínfimo granito de arena a una gran maquinaria que ya estaba montada y que seguirá independientemente de tus actos.

La experiencia me ha enseñado que jamás somos conscientes del verdadero alcance de nuestros actos, pues siempre se desgranan en niveles de sutileza que nuestro código interpretativo no está preparado para percibir. Con los años (si uno cambia “para bien”, que no es lo más normal), crece nuestra consciencia, y somos capaces de percibir niveles de sutileza que antes no veíamos, vemos interrelaciones que en su momento escapaban a nuestro consciente. En este caso, lo que hay que empezar a comprender es que nuestra actitud como consumidores tiene consecuencias que van muchísimo más allá de nuestra infinitesimal participación material en la dinámica de producción/consumo que sostiene físicamente al sistema.

Porque una dinámica tan insostenible, tan destructiva, tan generadora de sufrimiento, sólo puede mantenerse a costa de mantener bajo mínimos la salud física, emocional, y mental de los que la integramos. Obnubilando nuestros sentidos, nuestra capacidad de discernimiento, de crecimiento, de esa sincronización de frecuencias y oscilaciones necesaria para la acción grupal. Este exiguo estado de salud es consecuencia de un estado permanente de intoxicación. Somos intoxicados químicamente, kármicamente, sensorialmente, de todas las maneras concebibles[1]: Saturación química de azúcar, grasa, proteína, químicos, metales pesados, saturación de información, de estímulos agresivos, luz, ruido, datos, mentiras, y esto hablando únicamente de las dimensiones o aspectos del proceso más asequibles para nuestro código interpretativo racional. El sufrimiento humano, animal, y de la tierra que hay detrás de cada producto deja una carga que afecta a planos mucho más sutiles, pero detengámonos aquí por el momento.

Resulta evidente que la carga (en todo su espectro fenomenológico) de lo que consumimos es tremendamente variable, en función de la cantidad y calidad de lo que consumimos, y que esta cantidad y calidad es a su vez dependiente de la forma en que nos organizamos en nuestra economía, en nuestra convivencia, en todos los aspectos de nuestras relaciones. Otra evidencia que he “descubierto” es la sorprendente correspondencia que existe entre el trato al cuerpo y el trato a la Madre Tierra.

Al sabio de la antigüedad Hermes Trismegisto se atribuyen las “siete leyes del universo” que describía la tradición científica egipcia. La segunda de ellas, conocida como “ley de la correspondencia” se resumía con el axioma “como es arriba, es abajo”, y expresa la naturaleza fractal de todas las cosas, es decir, que las dimensiones “macro” y “micro”, de la galaxia al átomo y de la materia sólida a la información más sutil, se reflejan entre sí. Pues bien, en el caso de la correspondencia entre nuestro cuerpo y el cuerpo planetario, la ley se cumple de forma espectacularmente tozuda. Ustedes mismos pueden comprobarlo en cada una de sus acciones diarias. Lo que es tóxico para la salud de uno, siempre resulta igualmente tóxico para la salud del planeta. Lo que daña la salud daña también la ecología. Cualquier acto de consumo o de cualquier otro tipo se manifiesta siempre en estos dos aspectos. Cuidando la ecología cuidamos nuestra propia salud, y nuestra propia salud es la única herramienta de la que disponemos para cambiar el mundo.

Salud,

Y por todas nuestras relaciones.

(martes, 3 de febrero de 2009)


[1] En este punto me es obligatorio mencionar la primera y fundamental gran intoxicación de nuestras vidas, que se da durante nuestra gestación, etapa primal, e infancia, como consecuencia del trauma emocional inflingido y/o heredado.